Aprovecho la humedad del ambiente para acordarme de ti, te complazco porque hoy lo pediste y entonces llevo mis dedos hasta mí, comienza el gemido, gimo despacio al principio.
Todo es despacio, mis dedos ya me conocen. Saben que deben ser sensibles con esos labios, también saben que hay un botón prodigioso que espera de manera paciente, por más que sus ganas sean demasiadas él espera. Sabe que él tiene el mayor premio.
Cuando llego hasta el punto de bendiciones, este está en lo alto como debe ser, esperando bendecir a mi cuerpo. Entonces los gemidos aumentan.
Chupo una de mis manos para que mis senos también sientan la humedad, te vuelvo a pensar y muerdo mi almohada. Me he volteado con la esperanza de sentir como si estuvieras aquí y entonces me besaras, lamieras, chuparas y acabaras conmigo. En aquel momento es cuando suplico porque estuvieras y al mismo tiempo en que me quitas la mano dijeras “déjate ahí esto es mío y tú no sabes cómo tocarlo”.
Ese empujón cuando entras por atrás es el que invoco ahora, quisiera gritar como loca de dolor… exquisito dolor.
Estoy por llegar al cielo o al infierno. Ya no lo sé, el punto es que hace calor y parece la gloria.
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